Lo echaron de su trabajo y Dios le envio un angel
—Pedro, recoja sus cosas y lárguese de mi panadería. Ya no sirve para esto. Se pasa dos horas peleando con un miserable pedazo de masa. Acabo de instalar un equipo importado en el cuarto de atrás.
Hace su trabajo perfecto, sin sudar y con solo apretar un botón. En 15 minutos saca la producción que a usted le toma toda la mañana. Así de reemplazable es, Pedro.
Recoja sus cosas y lárguese de mi panadería ahora mismo.
—Pero, don Juan, por lo que más quiera, ¿qué voy a hacer? El pan es lo único que sé hacer desde que era un muchacho. Le he dado mi vida a estos hornos.
Se lo ruego, bájeme el sueldo si quiere. Póngame a limpiar, pero déjeme trabajar. ¿Qué voy a hacer, don Juan? Mi mujer lleva meses en cama.
Si me quita este sueldito, nos condena a los dos. A mis años, nadie me va a contratar.
—Ese es su problema. Si no supo ahorrar en toda su vida por ser un bueno para nada, no venga a llorarme ahora. Para mí, usted solo es un viejo inútil y un estorbo para mi progreso.
Esto es un negocio, Pedro, no la beneficencia pública. Vaya a dar lástima a la iglesia. Lárguese.
—¿Qué pasó, mi viejo? ¿Cerraron temprano o por qué estás aquí a esta hora?
—Me echaron. Me cambiaron por un aparato. Don Juan dice que estoy viejo, que ya no sirvo para nada. Le di la vida a ese horno, hice el mejor pan para este pueblo.
Y me botó a la calle como si fuera un saco de basura.
—No digas eso, mi amor. Tú no eres basura. Eres el alma de esa panadería. Y si ese infeliz no se da cuenta, es porque la avaricia lo tiene ciego.
El día que sus máquinas fallen y nadie quiera su pan, será demasiado tarde.
—¿Y de qué nos sirve eso ahora? ¿De qué nos sirve tener la razón si no tenemos para comer? La renta, los gastos, tus medicinas… Sin este trabajo nos vamos a hundir.
—Ya veremos cómo salimos de esta, mi cielo. Dios aprieta, pero no ahorca. Él nunca desampara a sus hijos.
—Hola, don Pedro. Estuve por la panadería. Quería llevarle el desayuno a mi madre. Mire esto, parece cartón. No huele a nada. ¿Dónde está su pan?
Ese pan suave, dulce, el que nos despertaba con alegría.
—Ya no hay pan mío. Ese lugar ya no es mi panadería. Don Juan compró una máquina que hace el trabajo de diez hombres. Me dijo que por viejo ya no sirvo para nada.
—¿Qué no sirve? Don Pedro, ese hombre está ciego. Esa máquina podrá hacer miles de panes, pero jamás va a tener su sazón. Jamás va a saber amasar como usted.
—¿De nada me sirve el sazón? Me cortaron las manos. Toda una vida ahí adentro. Mírame, a mi edad, sin trabajo, sin fuerzas. No tengo ni un peso para comprarle las medicinas.
Me quitaron mi vida entera en un segundo.
—Escúchame bien. A veces, la soberbia de los demás es el empujón que Dios utiliza para sacarnos del lugar equivocado. Ese hombre no lo despidió. Lo liberó.
—¿Liberarme? Me mandó a morir de hambre.
—El don no está en las latas de Don Juan. No está en ese horno ni en las paredes. El don está aquí. Dios le dio este talento a usted, no a un hierro.
Y lo que Dios da, ningún hombre arrogante lo puede apagar.
—Usted es el maestro panadero de este pueblo. Vaya a su casa, prenda su estufa. Ese horno puede ser pequeño, pero el pueblo sabe dónde está el buen pan.
Y nosotros no lo vamos a abandonar. Dios no lo trajo hasta aquí para dejarlo caer.
—Mi amor, escúchame bien. Esto es lo que tenemos.
—Pedro, ¿qué vas a hacer?
—Es lo único que nos queda. No nos vamos a morir.
—Me acabo de cruzar con un ángel en el parque, mi vieja. Me abrió los ojos. Don Juan se quedó con el local, pero las manos me las traje yo.
Vamos a comprar harina, manteca y azúcar. Voy a prender el horno de la estufa.
—¿Aquí? ¿En la casa? Pero, Pedro, el horno es muy chiquito.
—No importa el tamaño del horno, importa el alma del que amasa. Si tengo que hornear día y noche, lo haré. Ese hombre me quiso enterrar, pero se le olvidó que somos semilla.
—Mi cielo, ¿la juegas conmigo hasta el final, mi viejo?
—Hasta el final, mi vieja.
—Prende ese horno.
—Gracias por su compra, vecina. Vuelva pronto. Que Dios me la bendiga.
—Lo que se aprende con el corazón jamás se olvida. El mundo podrá llenarse de máquinas, pero nunca podrán inventar un aparato que amase con amor.
El metal hace cantidad, pero el amor hace calidad. Y eso no tiene reemplazo.
—Así que aquí está el ladrón. Me robaste a mis clientes, viejo tramposo. Tengo la panadería vacía y la masa pudriéndose.
—Yo no le robé a nadie, don Juan. Usted solito los echó. Sus máquinas resuelven el tiempo, sí, pero no tienen alma.
Y Dios ya me demostró que el talento no se enchufa a la pared.
—¡Al carajo con las máquinas! Estoy mal, Pedro. Mire, olvidemos todo. Le pago el doble. ¿Me escucha? El doble.
Vuelva mañana mismo. Le pongo un ayudante para que no se canse.
—Yo le pedí llorando que me dejara limpiar los pisos para no morir de hambre y usted me tiró a la basura. El buen pan necesita tiempo y el karma también.
Yo ya tengo mi propio negocio. Busque a su máquina, apriétele un botón y pídale a ella que le salve la vida.
—¡Fuera de aquí!
—Te quiero, mi viejo. ¿Ya ves cómo Dios nos recompensó?
—Y que nunca nos falte.