Su madre le quitó la lavadora a la esposa de su hijo Parte 5

El joven permaneció inmóvil frente al documento que acababa de recoger del suelo. Sus ojos recorrieron nuevamente el nombre escrito al final de la escritura, esperando haberlo leído mal. Su esposa se acercó lentamente y tomó el papel entre sus manos.

—Amor, ¿qué pasa? ¿A quién pertenece esta casa? —preguntó ella con preocupación.

Él levantó la mirada y observó directamente a su madre. La mujer estaba pálida, con lágrimas en los ojos y las manos temblando. Ernesto permanecía junto a la puerta, esperando pacientemente la reacción de su hijo.

—Dime la verdad, mamá —exigió él—. ¿Por qué aparece el nombre de mi esposa en esta escritura?

La joven abrió los ojos completamente sorprendida. Miró el documento y después a su marido, sin entender absolutamente nada. —¿Mi nombre? Pero yo nunca he firmado nada relacionado con esta casa.

Ernesto dio un paso hacia ellos y habló con voz grave.

—Porque esa propiedad fue registrada a nombre de ella mucho antes de que ustedes se casaran.

La madre inmediatamente gritó desde el otro lado de la habitación.

—¡Eso es imposible!

—No es imposible —respondió Ernesto—. Es exactamente lo que tú intentaste ocultar durante todos estos años.

El joven miró a Ernesto con desesperación.

—Explícame todo. ¿Por qué mi esposa aparece como propietaria?

Ernesto abrió nuevamente la carpeta negra y sacó varios documentos antiguos.

—Porque tu madre sabía que algún día yo regresaría por lo que me pertenecía. Y necesitaba poner la propiedad a salvo antes de que yo pudiera reclamarla.

La madre comenzó a llorar.

—¡Yo solo quería proteger a mi hijo!

—No —respondió Ernesto con firmeza—. Querías controlar su vida y mantenerlo alejado de la verdad.

El joven sintió que la rabia comenzaba a apoderarse de él.

—¿Y qué tiene que ver la deuda que encontré con todo esto?

Ernesto colocó otro documento sobre la mesa.

—La deuda fue creada para recuperar esta propiedad.

El joven tomó el papel y comenzó a leerlo lentamente. Entonces su rostro cambió.

—Esta firma…

Su esposa se acercó.

—¿Qué ocurre?

Él señaló la parte inferior del documento.

—Esta es mi firma, pero yo jamás firmé esto.

Ernesto negó con la cabeza.

—Precisamente. Alguien utilizó tus documentos para hacerte responsable de una deuda que nunca contrajiste.

La madre se llevó las manos al rostro.

—Por favor… ya basta.

Pero Ernesto no se detuvo.

—Todavía falta lo peor.

El joven levantó la cabeza.

—¿Qué puede ser peor que esto?

Ernesto sacó una última fotografía de la carpeta.

—Descubrir quién estaba detrás de todo.

La fotografía cayó sobre la mesa.

Los tres la miraron al mismo tiempo.

Era una imagen reciente tomada frente a un banco.

En ella aparecía la madre entrando al lugar acompañada de un hombre desconocido.

La esposa observó la fotografía con atención.

—Ese hombre…

Ernesto asintió lentamente.

—Sí. Es el mismo hombre que apareció aquí con los documentos.

El joven giró rápidamente hacia el desconocido que permanecía en silencio.

—¿Quién eres realmente?

El hombre bajó la mirada durante unos segundos.

Después cerró la puerta principal con llave.

—Creo que ya es hora de que sepan quién me envió.

La madre comenzó a temblar violentamente.

—No… por favor, no digas su nombre.

El joven dio un paso hacia él.

—¡Dilo!

El desconocido respiró profundamente.

—La persona que me contrató fue alguien que vive en esta misma casa.

Todos quedaron en silencio.

El joven miró lentamente a su madre.

Pero entonces el desconocido negó con la cabeza.

—No fue ella.

La madre levantó la mirada, sorprendida.

—Entonces… ¿quién?

El hombre señaló lentamente hacia la esposa del joven.

Ella quedó completamente paralizada.

—¿Yo? —preguntó con la voz quebrada.

Ernesto observó a la joven con una expresión seria.

—Eso es imposible.

El desconocido sacó un pequeño teléfono de su bolsillo y mostró una grabación.

En la pantalla apareció una conversación reciente.

El joven comenzó a escucharla.

Y después de unos segundos, su rostro perdió completamente el color.

Porque reconoció la voz que estaba dando las órdenes.

Era la voz de su propia esposa.

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