Le Dijo A Su Hija Que No Quería Volver. Verla… Ssin Imaginar Que Horas Después Sería La Única Que Podria Salvar A Su Hijo

—Buenas tardes, señor. Usted debe ser Don José.
—Sí, ese mismo soy yo. ¿Y usted quién es, señorita?
—Yo soy Allison, su hija.
—¿Pero qué estás diciendo tú, muchacha? Si yo a ti no te conozco.

—Sí, señor, yo soy su hija, la que dejó abandonada en un orfanato hace 18 años.
¿O es que acaso no se acuerda?
—¿Pero qué es lo que te pasa a ti, muchachita? ¿Por qué vienes a aparecer ahora después de tanto tiempo?
¿Qué es lo que quieres?

—Tranquilo, señor, que yo no quiero nada de usted. Yo solo quería conocerlo.
—Bueno, ya me viste. Ahora sí te puedes largar por donde viniste.
—Pero ¿por qué se porta así usted conmigo, señor? ¿Por qué me rechaza de esa manera?
¿Por qué no se alegra de conocer a su hija?

—Ay, muchachita, deja el drama. ¿Qué quieres? ¿Que me ponga a saltar?
¿Que te abrace? ¿Que te invite a comer? ¿Qué es lo que quieres?
Dímelo, ¿qué es lo que buscas?
—No, señor. Ya le dije que yo solo quería conocerlo.

—Mira, muchacha, quiero que te enteres de que ahora mi vida es perfecta.
Tengo una esposa que me ama y tengo un hijo que tiene un gran futuro.
Así que ellos no te pueden ver aquí.
Por eso necesito que te largues ahora mismo.

—Pero, señor, ¿por qué usted no le ha contado a ellos de mi existencia?
¿Por qué no le ha contado a su familia de su pasado?
—¿Pero qué te sucede, muchacha? ¿Cómo yo le voy a contar ese oscuro pasado a mi familia?
Eso jamás. Entiende que tú fuiste solamente un error para mí.

—Señor, yo sé que su vida no fue fácil.
Yo sé que después de que perdió a mi madre, a usted se le hizo muy difícil quedarse conmigo.
Y créame que yo no lo juzgo porque me haya dejado en ese orfanato.
Yo sé que usted no tenía edad para tener una hija.

—Pero así como yo lo comprendo, quiero que usted también me comprenda a mí.
Créame que mi vida no fue nada fácil.
Recién tengo un mes que acabo de salir del orfanato.
Y mañana me pienso ir del país porque quiero olvidar esta ciudad.

—Pues me alegro, muchacha. Esa es la mejor decisión que has podido tomar.
Pero si ya tienes planeado irte del país, ¿para qué vienes a mi taller?
—Porque quería conocerlo, señor.
Quería despedirme antes de irme lejos.

—Bueno, ya me conociste. Ahora sí puedes largarte.
—¿Por qué usted me odia tanto, señor? ¿Qué he hecho yo para ganarme su desprecio?
Créanme que yo no tengo la culpa de lo que le pasó a mi madre.
—Mira, muchacha, a tu madre no la nombres aquí.

—Yo no te estoy echando la culpa por lo que le sucedió a ella.
Simplemente te estoy diciendo que nadie te puede ver en mi taller.
Y por eso necesito que te largues ahora mismo.
Ya me conociste, ya sabes quién es tu papá.

—Entonces ya no pierdas más el tiempo y lárgate a otra ciudad para que tengas una vida mejor.
—Está bien, señor. Tranquilo, que ya me voy.
Yo estaba muy equivocada. Pensé que se alegraría al verme.
Pero me doy cuenta de que para usted yo solo soy un estorbo.

—Ya, ya, ya. Deja el show y lárgate. No me hagas perder más el tiempo.
—Está bien, señor. Ya me voy.
Pero tome, esta es la dirección donde me encuentro hospedada.
Mañana me voy para siempre del país.

Espero que su corazón se ablande y vaya a despedirse de mí.
—Mira, muchachita, ya te dije que te vayas.
No quiero que mi familia se entere de tu existencia.
Lárgate fuera de mi taller y espero que sea verdad que mañana te vas a ir del país.

Porque no te quiero volver a ver en esta ciudad nunca más.
—Mi amor, apúrate, que el médico nos está esperando.
—¡Sí! Sí, mi amor, tranquila, que ya estoy listo.
—Pero ¿qué te sucede, José? ¿Por qué estás tan pálido?

—No, amor, tranquila, que no pasa nada.
Solamente estoy muy preocupado por los resultados de los exámenes de nuestro hijo.
—Tranquilo, amor, no va a pasar nada. Confiemos en Dios.
—Sí, amor, yo sé que no va a pasar nada.

Pero ahora vamos, vamos, antes de que se nos pase la consulta con el doctor.
—Buenas tardes, señores. Lamentablemente no les tengo buenas noticias.
—¿Qué sucede, doctor? No nos ponga más nerviosos.
Díganos qué pasa ahora mismo.

—Señor José, lamentablemente los resultados de compatibilidad no dieron positivos.
—¿Cómo que salieron negativos?
—¿O sea que mi esposo y yo no podemos ser donantes?
—Pues lamentablemente así es, doña Carmen.

—¿Y si en una semana no encontramos un donante…?
—No, doctor, no diga eso. Usted tranquilo, que yo ese donante lo voy a conseguir.
—Pero ¿cómo que lo va a conseguir, José?
—Si lo único que salvaría a su hijo es si ustedes tuvieran otro hijo, o una hija.

—Eso es imposible, doctor. Es hijo único.
—Pues entonces no hay esperanza. Todo se nos complica.
—¿Y ahora qué podemos hacer, doctor? Ayúdeme, tiene que haber una solución.
Mire que es nuestro único hijo, nosotros no tenemos más hijos.

—Amor, tengo algo que confesarte, y te lo tengo que decir ahora mismo, delante del doctor.
—Pero ¿qué estás diciendo, José? ¿Qué es lo que tienes que confesarme?
¿Y por qué tiene que ser justo ahora?
—Amor, tengo una hija. Una hija que tú aún no conoces.

—¿Cómo que tienes una hija, José?
—Sí, Carmen. La tuve cuando yo era un adolescente, cuando aún no te conocía.
Y la dejé abandonada en un orfanato porque no tenía posibilidades para cuidarla.
Perdóname, Carmen, pero es que en ese entonces yo no sabía qué hacer y tuve mucho miedo.

—¿Y dónde está la madre de esa niña?
—Ay, Carmen, esa es otra larga historia.
Pero lo que importa es que esa muchacha no tiene madre, porque también la perdió.
—No, José, yo no puedo creer esto. ¿Cómo me pudiste ocultar algo así?

—Perdóname, mi amor. Perdóname por haberte ocultado este gran secreto.
—¿Y para qué me dices eso ahora, José, si eso ya no sirve de nada?
Si tú dejaste abandonada a esa niña en un orfanato, ¿cómo vamos a hacer para encontrarla ahora?
—No, amor, yo tengo la solución.

Esta mañana ella llegó a buscarme.
—¿Tú me estás hablando en serio, José?
—Sí, mi amor. Ella me vino a buscar y, es más, me dejó la dirección de donde se está hospedando.
Pero tenemos que ir ahora mismo, porque ella esta noche se va a ir del país.

—Tenemos que detenerla antes de que se vaya.
—Vamos, José, vamos. Esa muchacha no se puede ir.
Ella es la única que puede salvar a mi hijo, ¿verdad, doctor?
—Sí, señora Carmen. Ella es la única que los puede ayudar en este momento.

Así que vayan, búsquenla y regresen rápido.
—Tranquilo, doctor, que yo ahora mismo la traigo.
—¡Allison, espera! Tú no te puedes ir, hija.
No me puedes dejar. Tienes que perdonarme, hija mía.

El karma de José fue inmediato.
El mecánico despreció a la hija que abandonó, sin saber que horas después tendría que pedirle perdón.
Ahora Allison tiene en sus manos la posibilidad de salvar la vida de su hermano.
¿Crees tú que Allison debería ayudar al hermano que no conoce?

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