Ayudó a un joven que estaba por abandonar la escuela sin imaginar que 20 años después volvería por él

—¿Otra vez llegas caminando, Samuel? —se burló Bruno mientras esperaba frente a la entrada del colegio—. A este paso vas a llegar cuando termine el examen.

—No tuve dinero para el autobús —respondió Samuel, tratando de recuperar el aliento—. Pero necesito presentar la prueba.

—Entonces debiste levantarte antes. Aquí nadie va a esperarte.

Samuel bajó la mirada y continuó caminando hacia la puerta. Uno de sus zapatos estaba roto y apenas podía sostenerse con la suela desprendida.

—¡Apúrate! —gritó Bruno—. Vas a hacer que cierren la entrada.

—Déjalo pasar —intervino Esteban, el encargado de la entrada—. Todavía faltan unos minutos para el timbre.

—Gracias, señor Esteban.

—¿Estás bien? Tienes la cara muy pálida.

—Sí, solamente estoy cansado.

Esteban lo observó unos segundos y notó que el muchacho caminaba con dificultad.

—¿Comiste algo esta mañana?

Samuel negó con la cabeza.

—No había suficiente comida en casa. Mi mamá dijo que yo viniera a estudiar y que ella resolvería después.

Esteban abrió su pequeña lonchera y sacó un pan con queso.

—Toma.

—No puedo aceptarlo.

—No te lo estoy vendiendo. Siéntate y come.

—Pero usted también tiene que desayunar.

—Yo puedo conseguir otro después. Tú necesitas esto ahora.

Samuel comenzó a comer lentamente, casi con miedo de terminarlo demasiado rápido.

—Gracias, señor Esteban. Algún día voy a devolverle todo esto.

—No quiero que me devuelvas nada. Quiero que termines tus estudios.

—Lo voy a intentar.

—No. No lo intentes solamente. Hazlo.

Samuel sonrió por primera vez aquella mañana.

Durante los siguientes meses, Esteban comenzó a guardar parte de su desayuno para el muchacho. Algunas veces era un pan, otras una fruta o un pequeño recipiente con comida.

Samuel nunca volvió a pedirle nada.

Solo aceptaba lo que Esteban le ofrecía y prometía seguir estudiando.

Una tarde, Samuel llegó con una expresión diferente.

—¿Qué sucede?

—Creo que voy a dejar la escuela.

Esteban dejó de ordenar los papeles que tenía en las manos.

—¿Por qué?

—Mi mamá perdió el trabajo. Mis hermanos necesitan comida y yo encontré un lugar donde puedo trabajar todo el día.

—¿Y tus clases?

—No puedo pensar en las clases cuando en mi casa no hay suficiente para comer.

Esteban respiró profundamente.

—Entonces vamos a buscar una solución que no implique abandonar tus estudios.

—¿Y quién va a ayudarme?

—Primero hablaremos con la directora.

—Ya pregunté y me dijeron que no podían resolver los problemas de mi familia.

—No vamos a pedir que resuelvan toda tu vida. Vamos a pedir ayuda para que puedas continuar estudiando.

Samuel aceptó.

Aquella tarde, Esteban lo acompañó hasta la oficina de la directora.

Semanas después, Samuel recibió libros usados, un pequeño apoyo para el transporte y permiso para colaborar algunas tardes en la biblioteca.

Su madre también consiguió orientación para encontrar trabajo.

Samuel pudo continuar estudiando.

Pasaron los años.

El muchacho que antes llegaba con los zapatos rotos terminó la secundaria y consiguió una beca para estudiar administración.

Esteban siguió trabajando en el colegio.

Nunca volvió a verlo.

Hasta veinte años después.

Una mañana, un automóvil elegante se detuvo frente al viejo portón.

Un hombre de traje bajó del vehículo y caminó directamente hacia la entrada.

—Buenos días. ¿El señor Esteban trabaja todavía aquí?

—Soy yo.

El hombre sonrió.

—¿No me reconoce?

Esteban lo miró detenidamente.

—No puede ser…

—Sí soy yo.

—¿Samuel?

—El mismo.

Esteban lo abrazó emocionado.

—¡Muchacho! ¿Cuánto tiempo ha pasado?

—Veinte años.

—Mírate… Ya eres un hombre.

—Y usted sigue aquí.

—Este lugar se convirtió en mi segunda casa.

Samuel miró el portón.

—Yo nunca olvidé este lugar.

—¿Cómo está tu familia?

—Mi mamá está jubilada. Mis hermanos terminaron sus carreras. Todos salimos adelante.

Esteban sonrió.

—Entonces hiciste lo que te dije.

—Usted fue quien consiguió que yo pudiera seguir estudiando.

—Yo solamente te di unos cuantos desayunos.

—No fueron solamente desayunos. Cuando yo pensaba abandonar la escuela, usted me acompañó a la dirección. Cuando pensaba que no podía continuar, usted me recordó que todavía tenía una oportunidad.

Samuel sacó una carpeta de su maletín.

—¿Qué es eso?

—El motivo por el que vine.

En ese momento apareció la directora.

—Señor Esteban, necesitamos hablar sobre su puesto.

Esteban bajó la mirada.

—Ya sé. Me dijeron que van a reducir personal.

Samuel escuchó en silencio.

—¿Cuándo termina su contrato?

—El viernes.

—¿Y después qué hará?

—No lo sé. Tengo sesenta y dos años. No es fácil encontrar trabajo a esta edad.

Samuel cerró lentamente la carpeta.

—Entonces quizá pueda ayudarlo.

Esteban negó con la cabeza.

—No quiero que me ayudes por agradecimiento.

—No estoy hablando de agradecimiento.

—¿Entonces?

—Estoy hablando de trabajo.

Samuel abrió la carpeta.

—Hace tres años fundé una empresa de transporte. Actualmente estamos abriendo una nueva sede cerca de aquí.

—¿Y qué tiene que ver eso conmigo?

—Necesito una persona responsable para coordinar el acceso, recibir proveedores y supervisar al personal de recepción.

Esteban quedó en silencio.

—Yo nunca he trabajado en una empresa de transporte.

—Tampoco sabía usted cómo ayudar a un estudiante que estaba a punto de abandonar la escuela.

—Eso es diferente.

—No tanto. Usted aprendió a hacerlo.

La directora intervino.

—Samuel, la decisión sobre el puesto de Esteban ya está tomada.

—Lo entiendo.

Samuel miró a Esteban.

—Pero una decisión no puede determinar cuánto vale una persona.

—No quiero que piensen que me estás dando trabajo porque una vez me ayudaste —dijo Esteban.

—Precisamente por eso no se lo estoy dando como regalo.

Samuel señaló la carpeta.

—Aquí están las condiciones, el salario y las responsabilidades. Será tratado como cualquier otro empleado.

Esteban tomó los documentos.

—¿Y si no sé hacer algo?

—Le daremos capacitación.

—¿Y si cometo errores?

—Aprenderá.

Esteban sonrió.

—Eso mismo me decía usted cuando yo era estudiante.

Samuel extendió la mano.

—Entonces, ¿acepta?

Esteban la estrechó.

—Acepto.

Samuel sonrió.

—Mañana comenzamos.

Antes de marcharse, Esteban miró nuevamente el viejo portón.

—Durante treinta años pensé que mi trabajo era solamente abrir y cerrar esta puerta.

Samuel se quedó mirándolo.

—¿Y ahora qué piensa?

—Que detrás de esta puerta entraron cientos de estudiantes. Algunos llegaron felices, otros con problemas, algunos con hambre y otros sin saber qué hacer con sus vidas.

Esteban respiró profundamente.

—Yo no pude solucionar sus problemas. Pero muchas veces pude escucharlos.

Samuel respondió:

—Y a uno de ellos le cambió la vida.

Esteban negó suavemente con la cabeza.

—No fui yo quien cambió tu vida.

—Entonces, ¿quién?

—Tú. Yo solamente te ayudé a no abandonar el camino.

Samuel volvió a abrazarlo.

—Y por eso nunca olvidé su nombre.

Esteban miró el portón por última vez antes de marcharse.

Esta vez no iba a abrirlo para recibir estudiantes.

Iba a cruzarlo hacia una nueva etapa de su propia vida.

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