Su Madre Le Quitó La Cocina A Su Esposa Para Consentir A Su Hermana Pero Él Le Dio Una Lección

—Mi amor, ¿pero tú qué haces cocinando en este horno de leña? Si yo recién te compré una cocina nueva.

—Ay, mi amor, es que tu mamá vino hoy en la mañana y se la llevó.

—¿Pero de qué hablas, Camila? ¿Cómo así que mi mamá se llevó la cocina? Si yo a ella también le compré una cocina nueva.

—Ella me dijo que tu hermana necesitaba un celular para la universidad y por eso tuvo que vender la cocina que tú le regalaste a ella. Y como se quedó sin cocina, nos vino a quitar la de nosotros.

—No, mi amor, esto es una injusticia. Mi mamá no puede hacer estas cosas. O sea que ella vende las cosas que yo le regalo y después viene y nos quita las de nosotros.

—No, yo no voy a permitir que mi mamá te haga esto. Ahorita mismo voy a ir a hablar con ella.

—No, amor. No es necesario que vayas a hacer problemas donde tu mamá. Por favor, déjala tranquila. Yo puedo seguir cocinando en este horno. No pasa nada.

—No, Camila, esto no es justo. Tú no puedes seguir todos los días trayendo leña para prender este horno. Eso es muy cansado y te hace daño. Tú no te mereces eso, amor.

—Ahorita mismo voy a hablar con esa señora.

—A ver, madre. Quiero que me expliques ahora mismo cómo puede ser posible que tú le quites la cocina a mi mujer para traértela acá a tu casa.

—Tranquilo, Fernando. ¿Qué es lo que te pasa? ¿Por qué me vienes a gritar así a mi casa?

—Ay, madre, no te hagas la inocente. Explícame ahora mismo por qué le quitaste la cocina a mi mujer.

—Sí, Fernando, yo se la fui a quitar. Y lo hice porque tuve que vender la mía, porque tu hermana necesitaba un celular.

—Y, pues, a la final, tu esposa está joven. Ella puede seguir cocinando en el horno. No tienes que malacostumbrarla, Fernando.

—Por eso es que después no duran los matrimonios.

—¡Qué descarada eres! O sea que tú le quitaste la cocina que yo le compré a mi esposa solo para satisfacer los caprichos de mi hermana.

—Porque tu hermana lo necesita, mamá. Ella necesita su celular para estar a la moda en su universidad. ¿O qué quieres? ¿Que tu hermana vaya a pasar vergüenza a su universidad con un teléfono viejo?

—A mí no me interesa eso, madre. A mí lo que me interesa es saber cómo fuiste capaz de vender la cocina nueva que yo te compré. ¿Solo por seguirle los caprichos a mi hermana?

—A ver, a ver, mijito. Deja el drama. Que si yo hice estas cosas fue por apoyar a tu hermana.

—Tu hermana merece ir a la universidad con un buen teléfono. Además, recuerda cómo eran las mujeres de antes. Nosotras cocinábamos a leña.

—Para nosotras nunca existieron esas cocinas que hay ahora. Y mira cómo estoy yo, una gran mujer que jamás le fue infiel a su esposo.

—Por eso es que tú tienes que también enseñarle el sacrificio a tu esposa. No tienes que darle todo a manos llenas, hijo.

—Hazme caso, deja que esa mujer se esfuerce un poco más. Déjala que siga cocinando a leña. Antes agradéceme que te estoy haciendo un favor.

—No, madre. Eso era en sus tiempos, pero ahora ya no estamos en ese tiempo de esclavitud.

—Y créame que me duele mucho que usted haya pasado por todo eso, pero eso no le da derecho a querer que mi mujer pase por lo mismo que usted pasó.

—Por eso yo, ahora que me está yendo bien, le compré una cocina a usted y otra para mi esposa, para que usted también pudiera cocinar tranquila y no tuviera que estar prendiendo un horno.

—Así que yo no veo justo eso, mamá. Yo no veo justo lo que usted ha hecho hoy día. Mi esposa no merece lo que le han hecho.

—Ay, hijo, deja el drama. Ya te dije que antes tienes que agradecerme por corregir a tu mujer.

—Es más, mañana mismo le voy a quitar la lavadora para que también lave a mano. Ella tiene que saber lo que es atender a su esposo.

—¡No, madre! Ni te atrevas a regresar a mi casa. Tú no tienes ningún derecho de meterte en mi matrimonio.

—Y de mi mujer no te voy a permitir que sigas hablando porque ella es una gran mujer. Ella, aparte de hacer todos los oficios de la casa, me tiene siempre la comida hecha cuando yo llego del trabajo.

—Por eso yo no voy a permitir que nadie le falte el respeto, porque yo sé que una mujer como esa no la voy a encontrar en ningún lado.

—Ay, hijo, no te ilusiones por un plato de comida. Esa es su obligación, hijo. Ella todos los días tiene que prepararte todas tus cosas. ¿O para qué se casó contigo?

—Hola, hermanito. ¿Cómo así nos vienes a visitar?

—Contigo quería hablar, Valentina. Dame ahora mismo el teléfono que te compró mi mamá.

—A ver, a ver, Fernando. ¿Qué es lo que te está pasando a ti? ¿Por qué le estás pidiendo el teléfono a mi hija?

—Recuerda que ella es tu hermana. En cambio, tu mujer es una recién llegada.

—A ver, yo no voy a perder más tiempo con ustedes dos. Así que, Valentina, ahora mismo dame el teléfono que lo voy a llevar a vender.

—Porque ese teléfono no te corresponde a ti.

—¿Pero qué te pasa, Fernando? ¿Cómo vas a vender mi celular? ¿No ves que yo soy una influencer? Yo necesito eso para trabajar.

—Sí, Fernando, ¿cómo le vas a quitar el teléfono a mi hija? ¿No ves que ella hace muchos videos?

—No puedo creer que por una recién llegada vengas a estarle quitando el teléfono a tu propia hermana.

—No, madre. Yo soy el que no puede creer en lo que te has convertido tú.

—¿Cómo fuiste capaz de quitarle la cocina a mi esposa? ¿Crees que no me dolió llegar a mi casa y encontrarla cocinando a leña?

—Ay, hermano, pero deja que aprenda. Deja que cocine a leña. ¿No crees que así eran las mujeres de antes?

—Mira a mi mami. ¿Te dabas cuenta cuando eras pequeño? Mi mami cocinaba a leña y lavaba a mano. Ella nunca tuvo esos artefactos.

—¿Por qué quieres malacostumbrar a tu esposa?

—Este es tu celular, ¿verdad?

—¿Pero qué haces, Fernando? ¿Por qué eres tan atrevido? ¿Por qué me quitas mi teléfono?

—Porque sí, Valentina. Porque este teléfono no te pertenece. Yo ahorita mismo voy a llevar este teléfono a su dueño.

—Lo voy a vender para que me entreguen de regreso la cocina de mi mujer.

—No lo puedo creer, Fernando. O sea que, ¿tú estás prefiriendo a una mujer que recién estás conociendo en vez de a tu hermanita que ha estado viviendo en las buenas y en las malas contigo?

—Usted está equivocada. Yo no estoy prefiriendo a mi mujer antes que a ustedes porque yo fui un hombre justo.

—A pesar de que yo ya tengo mi familia, yo sigo comprándoles las mismas cosas que le compro a mi mujer.

—O sea que para ti ella ahora vale más que tu propia madre.

—Mira, mamá, yo estoy muy agradecido por todo lo que tú me has dado, pero yo no voy a permitir esas injusticias que tú quieres hacer en contra de mi esposa.

—Porque sí, aunque te duela, ella ahora es mi esposa. Y yo, como su esposo, la tengo que hacer respetar.

—Así que te lo dejo claro: si tú vuelves a hacer algo igual, si tú no cambias tu actitud, es mejor que no te vuelvas a aparecer por mi casa.

—Porque no te quiero ver más ni a ti ni a mi hermana.

—Ay, mamá, ¿en serio vas a dejar que mi hermano se lleve mi teléfono? ¡No puedes permitir eso!

—Tranquila, mijita, no te preocupes. Ya voy a ver cómo resuelvo yo para poder comprar nuevamente tu teléfono.

—Tú tranquila, déjamelo todo a mí, mi amor.

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